sábado, 7 de enero de 2023

3:00 A.M.

 Una simple hora marcada en un reloj, las calles vacías iluminadas por lámparas.

Tú y yo sentados en una banca, disfrutando del frío roció de una madrugada, que no sabe que le esperara al salir el sol.

Riendo y contando anécdotas de nuestras cortas vidas, haciéndonos ver como entes maduros y conocedores del mundo.

Que habitamos un espacio en la tierra en la cual ya todo nos ha pasado, y que sabemos navegar esas enormes olas de sentimientos y emociones, que finalmente se estrellan en nuestros corazones haciendo el rompimiento de las olas, como lo hacen los espolones.

El tiempo pasa rápido, las manecillas cada vez más claman el aparecer del sol.

La última mirada de la noche, un último suspiro antes de ver la puerta del auto cerrarse a tus espaldas.

Un dulce y suave movimiento en ocasiones, acompañado de un ligero brinco al subir las escalas de tu morada.

Observar lentamente cómo se pierde tu silueta tras la puerta.

Como queda pávida la tranquilidad y la oscuridad de la noche en ese preciso instante.


Un suspiro más antes de emprender el camino a mi morada.

Un último mensaje y una dulce sonrisa dibujada por las maravillas experimentadas en esa noche, esa noche memorable y soñada, sacada de un cuento de hadas.

¿Un final sublime y sencillo?

Quizá , no todo debe ser apoteósicamente enaltecido o simplemente bullicioso.

De un pequeño fragmento de tiempo suelen salir mejores historias que de años o siglos de memorias.

Después de incontables horas pasadas, tras el amanecer y anochecer de cada día .

Un fiel servidor y romántico aprendiz de la vida espera una vez más porque las manecillas del reloj marquen nuevamente las 3 am.

Y que acompañado a ese momento, se encuentre esa dulce sonrisa.


Carlos Arturo Pertuz De Ávila 


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